Este fue mi último día en Medellín. Como sucede casi siempre, el estado de ánimo era indescifrable, porque dejaba en este instante (que sólo duró unos minutos pero fueron eternos), la mitad de mi vida: la familia, los amigos, compañeros, los espacios, los lugares, todo lo que ha hecho parte de mi durante 28 años y saber que de aquí en adelante todo esto cambiaría radicalmente. Pero a la vez, la expectativa de un nuevo lugar, nuevas culturas, una forma diferente de vivir y lo más importante: estudiar lo que siempre había soñado y en el lugar que siempre me lo había imaginado. Realmente fueron minutos muy difíciles: encasillada entre el si y el no de una más de las decisiones sobre mi vida.
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